jueves, 2 de mayo de 2019

Simbad el marino

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Érase una vez, en Bagdad, un joven que era muy humilde llamado Simbad. Como trabajo se dedicaba a cargar de un sitio a otro unos paquetes muy pesados, de ahí que todos le nombraran, el cargado.
Sus lamentaciones fueron escuchadas por un señor millonario, quien en una ocasión lo invitó a cenar. 
Al llegar a la cena había un anciano, y este dijo:
– Mi nombre es Simbad “el marino”. Una vez fui dueño de una gran fortuna que heredé de mi padre, pero gasté mal cada centavo quedando en la miseria total. Debido a esta situación vendí todas mis pertenencias, o al menos las que me quedaban, y me lancé al mar junto a unos mercaderes. Confundimos una ballena con una isla y desembarcamos en ella creyendo que era tierra debido a esto salimos volando por los aires. Con dificultad, llegué hasta una tabla que me permitió para tomar un barco y regresar a Bagdad.
Terminado este fragmento, Simbad “el marino” se mantuvo en silencio y le entregó al joven 100 monedas y le pidió que regresara al día siguiente. El joven acudió al encuentro, y el anciano continuó con su historia.
– Con la nueva embarcación, volví a zarpar. Cuando llegue a otra isla me quede dormido nuevamente y a despertar ya no tenía barco pues se había ido. Caminando dentro de la isla, llegué a un enorme valle que se encontraba con abundantes diamantes y serpientes. Después de tener en mi poder suficientes joyas, tome un pedazo de carne y los sujeté a mi espalda, quedándome quieto para que un águila me sacra de aquel lugar.
Nuevamente al terminar la historia, Simbad “el marino”, puso en manos del joven 100 monedas y más, y le rogó que el día siguiente no se fuese ausentar. Y llegó el día siguiente con la nueva historia.
– Ya tenía una fortuna, pero en vez de quedarme aquí a disfrutarla decidí volver salir a navegar. Después de unos días encallamos en una isla de enanos, los cuales nos entregaron a un gigante que tenía un único ojo y que se alimentaba de carne humana. Al caer la noche, aprovechamos su oscuridad, y tomamos una estaca que enteramos en su único ojo. Con este suceso pudimos huir de la isla y regresar nuevamente a Bagdad.
Las monedas fueron dadas sin falta al joven, y la cita prevaleció como en los días anteriores.
– Nuestro siguiente destino de naufragio fue una isla de caníbales. Estando allí seduje grandemente a la hija del rey, con la que tiempo después contraje matrimonio. Pocos días después de la boda, mi esposa murió y el rey me ordenó que yo debía ser enterrado junto con ella. La suerte y la dicha me acompañaron y puede regresar a Bagdad sin problemas, pero esta vez lleno de joyas.
El joven muy atento permanecía escuchándolo mientras el anciano continuaba narrando sus historias.
– Lo último que me sucedió fue cuando me vendieron como si yo fuese un traficante de marfil como si fuese un esclavo. Uno de esos días en los que tenía que cazar elefantes, y tratando de escapar de uno tuve que recurrir a un árbol por el cual trepé velozmente. 
El elefante sacudió tan fuerte que me caí sobre su lomo. Sin poder bajarme de él, el animal, me llevó hasta su cementerio. Aquel lugar tenía abundante marfil, acababa de descubrir una enorme mina. Con mucha alegría corrí hacia donde estaba mi amo y le conté todo lo sucedido, y el en agradecimiento a mi lealtad me dejó libre, permitiéndome llevar conmigo algunos valiosos tesoros. 
Ese fue mi último viaje, cuando regresé a Bagdad, aquí me he quedado y no he vuelto a viajar. Como puedes ver he sufrido mucho, pero ahora disfruto de todos los placeres de la vida.
Al terminar de narrar la historia, el anciano le pidió al joven que fuese a vivir con él. El joven muy entusiasmado aceptó y a partir de ese día fue muy feliz.

FIN

Juan sin miedo

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Érase una vez, en una aldea que contaba con pocos habitantes, un hombre que tenía dos hijos. El mayor jamás lo disgustaba pues era un muchacho trabajador, asentado y muy emprendedor, mientras que el segundo era todo lo contrario pues aún no lograba establecerse decentemente. 
Ya el padre mayor y enfermo se acerca al joven y le dice:
– Ya Sabes que nuestra situación económica no es muy favorables, así que el día que falte no podrás heredar mucho de mí. Yo noto que nada te motiva y que no has sido capaz aún de encontrar un trabajo que te permita vivir modestamente. ¿No hay nada en la vida que te gustaría aprender hacer?
– Si padre quiero aprender a sentir miedo. Hasta el momento ninguna de las historias de monstruos que he escuchado me han causado temor, mientras que a todos los que la escuchan alrededor mío se aterran.
Su padre decepcionado por la respuesta de su hijo le dijo que se marchara de la casa en busca del miedo, para ver si de ese modo su hijo encontraba el camino correcto de la vida. Y así hizo Juan, se despidió de su única familia, su padre y su hermano, y comenzó su largo recorrido el cual no tenía rumbo pero si un propósito, encontrar al miedo. Durante la travesía se encontró a un sacristán con el que instauró una amena conversación.
– Buenas, mi nombre es Juan Sin Miedo.
Ante tal presentación el sacristán le respondió:
– Es tu nombre muy poco usual.
– Mi nombre se debe a que siempre he vivido sin miedo y es por eso que he abandonado mi casa y he llegado hasta tan lejos. ¿Podría usted decirme dónde puedo hallarlo?
– Tal vez pueda ayudarte- fue la respuesta del sacristán, quien posteriormente comenzó a narrarle una historia muy antigua.
– Hace muchos, pero muchos años en un lugar que está más allá del valle existía un castillo que era gobernado por un mago maléfico. Ahora el dueño del castillo es un pobre rey que ha ofrecido grandes riquezas al que logre liberar a su castillo de ese malvado mago. Hasta el momento todos habían fracasado y tenían que huir muy aterrados. Estoy seguro de que en ese lugar encontrarás eso que tanto deseas.
Una vez que el hombre terminó la historia, Juan partió en busca de este castillo y de su terrible maldición. Cuando llegó a la puerta del lugar les dijo a los guardias que se encontraban allí:
– Mi nombre es Juan Sin Miedo y necesito conversar con vuestro rey.
Uno de los guardias lo llevó al salón del trono donde se encontraba el rey. En ese preciso instante el rey le explicó las condiciones que debía cumplir para poder liberar al castillo de este terrible poder malvado.
– Serás un hombre muy rico pues si logras pasar tres noches allí y liberas a mi castillo de esta maldición, te entregaré todo el oro de mi reino.
Asombrado del ofrecimiento, Juan le respondió:
– Es usted muy amable, y le agradezco mucho lo que pretende hacer, pero mi único objetivo es poder descubrir que es sentir miedo.
A pesar de sus palabras, el rey tenía pocas esperanzas pues muchos habían intentado y habían fracasado.
Y llegó la primera noche de Juan en el castillo; ya estaba durmiendo cuando un quejido aterrador proveniente de un sombrío fantasma lo despertó.
– ¿Quién eres tú que has tenido la osadía de despertarme?- Preguntó Juan sin temor alguno.
A Juan no le importó ninguno de los chillidos de ese fantasma, y continuó con su sueño. Al día siguiente cuando el rey visitó al muchacho en el castillo conversó con él, siempre recordándole que para poder cumplir su acuerdo aún le quedaban dos noches más. Y llegó la segunda noche, cuando nuevamente Juan volvió a sentir los alaridos de ese espectro y comenzó a buscar el lugar de donde provenían. 
Cuando Juan vio que el fantasma que lo había despertado por segunda vez se encontraba preso de una cadena, corrió a liberarlo, logrando de este modo que el espectro desapareciera para siempre de la habitación y del castillo. A pesar de esto el rey aún no estaba satisfecho con el valor del joven pues no había terminado de cumplir su promesa de pasar las tres noches en el castillo embrujado. 
Y llegó la tercera y última noche cuando ya estaba dormido nuevamente y sintió que lo pasos de una desagradable momia lo despertaron.
– ¿Quién eres tú que te has atrevido a despertarme?- Preguntó Juan esperando una respuesta rápida.
Debido a que no escuchó ninguna respuesta, Juan se levantó y le quitó la venda a la momia, y pudo ver que debajo de esos trapos se encontraba el malvado mago quien le dijo:
– Por lo que he visto mi magia no te hace efecto, así que si me dejas escapar el castillo quedará libre de todos mis hechizos.
Ante tal noticia el Rey estaba lleno de alegría. Todo el reino se reunió a las puertas del castillo para demostrarle a Juan Sin Miedo su alegría y agradecimiento y celebrar junto a él su gran hazaña. Debido a la gratitud del rey hacia Juan este le permitió vivir en su castillo por mucho tiempo, y cada momento que pasaba allí estaba seguro de que jamás conocería el miedo.
Después de muchos años una de las hijas del rey dejó caer una pecera llenas de pececitos sobre la cama de Juan Sin Miedo. Ante tal hecho, el joven gritó:
– ¡Quítenme esto de aquí! ¡Qué miedo tengo!
De este modo fue como Juan Sin Miedo descubrió el miedo, inexplicable que unos simples pececitos de colores causaran tal temor en el valiente joven. A pesar de que por primera vez la joven princesa vio que Juan tenía miedo decidió no contar nada de lo sucedido para que aquel hombre siguiese siendo “Juan Sin Miedo”.


FIN

El soldadito de plomo

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Todo comienza en la pequeña casa de una ciudad donde habitaba un niño. El día de su cumpleaños, nuestro amiguito había recibido como regalo de sus padres una caja misteriosa. Lleno de curiosidad, el niño abrió la caja y descubrió en su interior quince soldaditos de plomo idénticos. 
Con un porte elegante, fusil al hombro, pantalones azules y gorra roja, los quince soldaditos habían nacido de una vieja cuchara de plomo fundida. El niño aplaudió con gran alegría al ver sus nuevos juguetes, y sin perder un segundo los sacó de la caja y los colocó en fila para comenzar a jugar. Sin embargo, el último de los soldaditos no era igual que el resto, pues como el plomo de la cuchara no había sido suficiente le faltaba una pierna al desdichado. 
Aun así, el soldadito se mantenía firme igual que sus hermanos, y una vez que fue colocado junto al resto de los juguetes en la alacena, pudo comprobar un hermoso castillo de papel que se alzaba frente a él. Aquel castillo era realmente deslumbrante, tenía grandes ventanas y puertas doradas, y en su interior, lo más sorprendente era una pequeña muñeca que se encontraba con los brazos en alto y una pierna recogida hacia arriba como suelen hacer las bailarinas. 
Al verla, el soldadito quedó completamente enamorado, y como pensó que a ella también le faltaba una pierna, decidió tomarla por esposa cuanto antes. “He encontrado la persona perfecta para mí, y encima tiene un castillo donde podremos vivir juntos”, así pensaba el soldadito de plomo mientras contemplaba la belleza de su amada. 
Al llegar la noche, el niño terminó de jugar y se marchó a la cama, y en ese instante, los juguetes cobraron vida y comenzaron a caminar y a conversar en la alacena. Sin embargo, el soldadito de plomo permanecía inmóvil con la mirada fija en la muñeca bailarina. 
A cambio, ella también le devolvía sonrisas y en poco tiempo entablaron una hermosa amistad que hubiese durado por mucho tiempo si la envidia y la maldad no hubiesen aparecido esa noche. Resulta que entre los juguetes, existía además un feo payaso de plástico que no soportaba el amor que se tenían la muñeca y soldadito. 
A la mañana siguiente, el niño regresó a la alacena para jugar como de costumbre, pero a la hora del almuerzo, abandonó al soldadito de plomo en el borde de la ventana, y entonces, el payaso malvado aprovechó para empujar al pobre hacia la calle. 
Desde una gran altura, el soldadito cayó sin remedio hasta caer en el justo medio de la calle, con riesgo de que algún automóvil pasara a toda velocidad y lo aplastara. Cuando el niño notó la ausencia del soldadito, bajó hasta la calle para encontrarlo, pero la suerte no estuvo de su lado, y aunque buscó y buscó por largo tiempo, jamás pudo encontrar a su juguete que permanecía abandonado y triste en el pavimento. 
Al caer la tarde, el cielo tomó un color gris, y unos cuantos segundos después, comenzó a llover tan fuerte que las calles se llenaron de agua, y fue entonces cuando el soldadito fue arrastrado por la corriente hasta alejarse de la casa y de su amada, la muñeca bailarina. El agua de lluvia caprichosa deslizó al soldadito calle abajo, pero este apenas se movía mientras contemplaba el cielo gris sobre su cabeza. Al rato, el agua se adentró por una alcantarilla oscura y horrorosa, y con ella, también el soldadito. 
“Cómo quisiera regresar a casa y contemplar la belleza de mi amada”, pensaba nuestro amigo mientras la corriente de agua impulsaba su menudo cuerpecito de plomo por tuberías estrechas y oscuras. Durante algún tiempo anduvo el soldadito navegando por las alcantarillas cuando de pronto, sintió un temible sonido. 
La tubería por donde navegaba estaba llegando a su fin, y el agua se abalanzaba a toda velocidad hacia un inmenso canal. Sin más remedio que dejarse llevar, el soldadito fue abalanzado con fuerza hacia el exterior de la alcantarilla, y justo antes de caer en el estanque, un enorme pez saltó desde las profundidades y se lo tragó de un solo bocado. Allí, en el estómago de aquel pez, el soldadito de plomo permaneció durante varios días, y como todo era tan oscuro, no hacía otra cosa que pensar en su querida muñeca y en sus ganas de regresar a casa. 
Finalmente, una buena tarde, el pez comenzó a moverse bruscamente, luego quedó inmóvil y cuando pudo notarlo, el soldadito fue capaz de ver nuevamente la luz. Unos pescadores se habían hecho con el pez y lo habían vendido a una sirvienta. Al llegar a casa, la señora lo abrió con un cuchillo y cuál fue su sorpresa cuando, sin poder imaginarlo, encontró dentro al querido soldadito de plomo. Rápidamente, la sirvienta salió de la cocina y se dirigió al comedor donde aguardaban los dueños de la casa, y ¿Saben qué? Aquellas personas no eran otras que los padres del niño, y el propio niño que no pudo contener su emoción al ver que su juguete perdido había regresado milagrosamente a casa. 
El soldadito también se emocionó, pues su deseo se había hecho realidad. “Por fin, he regresado” – gritaba con emoción para sus adentros – “Dentro de poco podré estar nuevamente junto a mi adorada muñeca”. Y así mismo sucedió. El niño colocó al soldadito en la alacena junto al castillo de papel, y desde una de las ventanas, unos ojos bañados en lágrimas lo contemplaban. 
Era la muñeca bailarina llena de alegría al ver como su amado regresaba junto a ella. Desde entonces, el payaso malvado no volvió a entrometerse con la pareja de enamorados, y el amor, triunfó una vez más por encima del mal.

FIN

martes, 30 de abril de 2019

El Jorobado de Notre Dame

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Érase una vez en París, en una época muy lejana. Se trata de una leyenda que se mantuvo en secreto por muchos años en la catedral de Notre Dame. En realidad, era un lugar muy hermoso, un edificio inmenso y deslumbrante cuyas torres se alzaban hasta el cielo. 
Cuentan las personas de aquel tiempo, que las paredes de la catedral encerraban un misterio horroroso, pero otras aseguraban que, en realidad, se trataba de una historia de amor como pocas. Esto fue lo que sucedió:
Los niños y los comerciantes que merodeaban cerca de Notre Dame, se horrorizaban cada cierto tiempo con una silueta extraña que se desplazaba por las campanas de la catedral, sobre todo en las noches. Algunos ancianos decían que se trataba de un espíritu, mientras que otros aseguraban que se trataba de una temible bestia peluda que expulsaba fuego por los ojos. La verdad, no era ni una cosa ni la otra, sino un ser humano común que había nacido con una peculiar deformidad en su espalda.
El jorobado de Notre Dame se llamaba Quasimodo, y era un joven muy tímido de noble corazón que había sido condenado a vivir en el interior de la catedral desde los primeros días de su vida. Quasimodo estaba acostumbrado a la soledad del campanario, y todos los días se dedicaba a repicar las campanas y mantener limpio el lugar. 
El obispo de Notre Dame, de nombre Frollo, era el encargado de mantener al jorobado atrapado en lo alto, y según dicen, era una persona malvada que maltrataba al pobre muchacho y no le tenía el menor cariño. Con el paso del tiempo, Quasimodo creció y sintió una enorme curiosidad por conocer el mundo bajo sus pies. Así fue que, una tarde de verano en que se celebraba el Festival de los Bufones, el noble jorobado decidió descender del campanario para participar de la fiesta. 
Al comienzo, tuvo mucho miedo de no ser aceptado, pero a medida que avanzaba entre las personas, pudo reconocer que todos eran muy amables con él. Había avanzado algunas calles cuando arribó a un espectáculo maravilloso, era una danza seductora interpretada por la gitana Esmeralda, y al verla, Quasimodo quedó encantado con el aspecto de la bella joven. 
Esmeralda, también fue muy amable con él, e incluso, le invitó a unirse a la fiesta. Más tarde, el capitán Febo, enamorado de la gitana, también apareció y entabló una hermosa amistad con Quasimodo.
Todo aquello le resultó detestable al obispo Frollo, quien enardecido de rencor y odio, decidió apresar a Febo y a Esmeralda para que recibieran un castigo inmerecido. Quasimodo también fue castigado y obligado a regresar al campanario. 
Durante varios días, el jorobado permaneció encadenado sin poder moverse apenas, y durante ese tiempo se lamentaba de la maldad del mundo, y de personas que, como su amo Frollo, no tenían pureza de corazón. Finalmente, arribó el día en que el capitán Febo y su amada Esmeralda serían condenados. Las personas se reunieron en torno a la catedral, donde yacían encadenados sobre el estrado los dos enamorados. 
Cuando el verdugo se disponía a ejecutarlos, se oyó un temible sonido desde lo alto del campanario. ¡Era Quasimodo! El jorobado se había librado de las cadenas y con gran agilidad arribó ante sus dos amigos para liberarlos. El pueblo comenzó a gritar para apoyar a Quasimodo, pero el obispo Frollo se llenó de una ira incontenible. Rápidamente, el jorobado rompió las cadenas de Esmeralda y del capitán Febo, y reunidos en un abrazo lograron sonreír por primera vez después de largo tiempo. 
Las personas allí reunidas se sumaron a la celebración, y con gran entusiasmo gritaban el nombre de Quasimodo y le aplaudían por su gran heroísmo.
El obispo Frollo no pudo hacer mucho al respecto, y desde entonces, el jorobado de Notre Dame consiguió librarse de los castigos de su amo y vivir entre las personas como un verdadero héroe, que aunque jorobado y de aspecto extraño, poseía un corazón puro y noble.

FIN

El gigante egoísta

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En un pequeño pueblo, existían cinco niños muy amigos que cada tarde salían a jugar al bosque. 
Los pequeños correteaban por la hierba, saltaban a los árboles y se bañaban en los ríos con gran felicidad. En realidad, estaban muy unidos y les gustaba sentirse en compañía de los animales y el calor que les brindaba el Sol. 
Sin embargo, cierta tarde, los niños se alejaron del bosque y fueron a dar con un inmenso castillo resguardado por unos altos muros.
Treparon los muros y se adentraron en el jardín del castillo, y después de varias horas de juego, sintieron una voz terrible que provenía de adentro. “¿Qué hacen en mi castillo? ¡Fuera de aquí!”.
Con mucho miedo, los cinco niños se quedaron inmóviles mirando hacia todas partes, pero en seguida se asomó ante sus ojos un gigante egoísta horroroso con los ojos amarillos. “Este es mi castillo, rufianes. No quiero que nadie ande merodeando. Largo de aquí y no se atrevan a regresar. ¡Fuera!”. Sin pensarlo dos veces, los niños salieron disparados a toda velocidad de aquel lugar hasta perderse en la lejanía.
Para asegurarse de que ningún otro intruso penetraría en el castillo, el gigante reforzó los muros con plantas repletas de espinas y gruesas cadenas que apenas dejaban mirar hacia el interior. Además, en la puerta principal, el gigante egoísta y malhumorado colocó un cartel enorme donde se leía: “¡No entrar!”.
A pesar de todas estas medidas, los niños no se dieron por vencidos, y cada mañana se acercaban sigilosos a los alrededores del castillo para contemplar al gigante. Allí se quedaban por un largo rato hasta que luego regresaban con tristeza a casa. 
Después de un tiempo, tras la primavera, llegó el verano, luego el otoño, y finalmente el invierno. En pocos días, la nieve cubrió el castillo del gigante y le aportó un aspecto sombrío y feo. Los fuertes vientos arreciaban en las ventanas y las puertas, y el gigante permanecía sentado en su sillón deseando que regresara nuevamente la primavera.
Tras unos meses, el frío por fin se despidió y dio paso a la primavera. El bosque gozó nuevamente de un verde brillante muy hermoso, el Sol penetró en la tierra y los animales abandonaron sus guaridas para poblar y llenar de vida la región. Sin embargo, eso no sucedió en el castillo del gigante egoísta. Allí la nieve aún permanecía reinando, y los árboles apenas habían asomado sus ramas verdosas.
“¡Qué desdicha!” (se lamentaba el gigante) 
“Todos pueden disfrutar de la primavera menos yo, y ahora mi jardín es un espacio vacío y triste”.
Enfadado por su suerte, este se tumbó en su lecho y allí se hubiera quedado para siempre, sino fuese porque un buen día oyó con gran sorpresa el cantar de un sinsonte en la ventana. Asombrado y sin poder creerlo aún, el gigante se asomó y dibujó una sonrisa en sus labios. Su jardín había recuperado la alegría, y ahora, no sólo los árboles ofrecían unas ramas verdes y hermosas, sino que las flores también habían decidido crecer, y para su sorpresa, los niños también se encontraban en aquel lugar jugando y correteando de un lado hacia el otro.
“¿Cómo pude ser tan egoísta? Los niños me han traído la primavera y ahora me siento más feliz” – así gritaba el gigante mientras descendía las escaleras para salir al jardín. Al llegar al lugar, descubrió que los pequeñines trepaban a los árboles y se divertían alegremente. Todos menos uno, que por ser el más chico no podía trepar a ningún árbol.
Compadecido con aquel niño, el gigante egoísta decidió ayudarlo y tendió su mano para que este pudiera subir al árbol. Entonces, la enorme criatura eliminó las plantas con espinas que había colocado en su muro y también las cadenas que impedían el paso hacia su castillo.
Sin embargo, cuando los niños le vieron sintieron miedo de que el gigante egoísta les expulsará del lugar, y sin perder tiempo se apresuraron a marcharse del castillo, pero el niño más pequeño quedó entonces atrapado en el árbol sin poder descender. Para su sorpresa, las flores se marchitaron, la hierba se tornó gris y los árboles comenzaron a llenarse de nieve.
Con gran tristeza, el gigante le pidió al chico que no llorara, y en cambio le dijo que podía quedarse y jugar en su jardín todo el tiempo que quisiera. Entonces, los demás niños que permanecían escondidos desde fuera del muro, comprendieron que este no era malo, y que por fin podían estar en el jardín sin temor a ser expulsados.
Desde ese entonces, cada año cuando la primavera arriba al bosque, los niños se apresuran hacia el castillo del gigante para llenar de vida su jardín y sus flores.

FIN

lunes, 25 de febrero de 2019

Hércules llega a Andalucía


HÉRCULES LLEGA A ANDALUCÍA.


En unas tierras muy, muy lejanas, vivía un niño llamado Hércules. A Hércules le gustaban mucho los animales, todos eran sus amigos, pero los mejores, a los que él más quería y nunca se separaba de ellos eran dos leoncitos preciosos. Se llamaban “Leoncio” y “Poponcio”. Los tres amiguitos siempre estaban juntos, hasta dormían en la misma cama.

Una mañana, Hércules se despertó el primero y llamó a sus dos amigos:
¡Leoncio, Poponcio, levantaros! Hoy tengo una sorpresa para ustedes, nos vamos a ir a dar un paseo en barco por el mar.
A nuestros amigos les gustaba mucho viajar en barco por el mar, así que medio dormidos se fueron a lavar la cara y comer un poco antes de emprender el viaje. Se montaron los tres en el barco y remando, remando se fueron muy lejos de la orilla.

Como se habían levantado muy temprano los tres se quedaron dormidos en el barco. Al despertar se dieron cuenta de que ya no veían la orilla, se habían alejado mucho y aunque Hércules era un niño muy valiente y fuerte, tuvo un poco de miedo al verse solo en el mar, se acurrucó junto a los dos leoncitos y así estuvieron hasta que llegaron a una playa que no conocían
Era una tierra muy bonita con un campo muy grande de color verde que estaba lleno de olivos y viñedos. A nuestro amigo Leoncio, le gustaba mucho el color verde y por eso se fue corriendo por el campo que tenía su color favorito.
¡ Yupy, que campo tan bonito!. ¿Nos podemos quedar a jugar un ratito?
Los tres amigos que eran muy curiosos comenzaron a correr por aquellas tierras. No encontraron a nadie y siguieron caminando y caminando buscando una casita donde quedarse.

- ¡Que tierra tan bonita! - Dijo Hércules.
- ¡Sí, y que campo tan verde! - Dijo Leoncio.
A nuestro amigo Poponcio, lo que más le gustó fue el color blanco de la espuma de las olas del mar.

-¡ Tengo una idea!- Dijo Hércules. Como a Leoncio le gusta el verde del campo y a Poponcio el blanco de la espuma, nos construiremos unas casitas blancas en el prado verde y así tendremos los dos colores que os gustan.
- Pero no sabemos qué tierra es esta y cómo se llama- Dijo Leoncio.

- Bueno, sabemos que tiene olivos y un campo muy verde, nosotros vamos a construir casas blancas y le pondremos un nombre a todas estas tierras.

Los tres amigos pensaron y pensaron, hasta que se pusieron de acuerdo en llamarla Andalucía. Desde entonces la bandera de Andalucía es blanca y verde como les gustaba a Leoncio y Poponcio y en su escudo está la foto de los leoncitos junto a Hércules, porque fueron ellos los que descubrieron Andalucía.

FIN

Cuento de: M ª Ángela González Caballero (1994).
Ilustración: Ana Holguín Paniagua (1999).

lunes, 27 de agosto de 2018

Las aventuras de las letras.


La letra es la letra más aventurera, un día fue a la selva de África y estaba súper contenta, de repente escucha un grito diciendo...
- ¡SOCOOOORRO, ayudadme por favor!

La letra A se preguntaba:
-¿Qué puede estar pasando?

Vio un escarabajo muy pequeñito atrapado en la tela de una araña. La letra A decidió salvarle, pero ¿qué pasó?, de momento se encontró con la araña, era enorme y daba mucho miedo. No era una araña cualquiera, era la araña más grande que había visto nunca en todo el mundo. La araña se acercaba mucho a la letra A y la letra A estaba súper asustada.

Haciendo mucho esfuerzo pudo quitar al escarabajo de la tela de araña, el escarabajo le dijo a la letra A:
- Muchísimas gracias por haberme salvado. ¿Cómo te llamas?

Y la letra A le dijo:
- Me llamo A para los amigos. ¿Y tú, cómo te llamas?

El escarabajo respondió:
- Me llamo Quiqui, encantado de conocerte.

Los dos se hicieron muy amigos, y colorín colorado este cuento se ha acabado.

FIN.



Simbad el marino

Érase una vez, en Bagdad, un joven que era muy humilde llamado Simbad. Como trabajo se dedicaba a cargar de un sitio a otro unos paquetes...